Para dirigirte a ti mismo, utiliza tu mente; pero para guiar a otros, emplea tu corazón. Raramente logramos la confianza de las personas a través de argumentos técnicos o lógicos; más bien, lo hacemos apelando a los sentimientos y emociones.
Napoleón decía que parte de su habilidad como líder provenía de su destreza en calcular tiempos, como el transporte de elefantes de El Cairo a París. Sin embargo, el otro componente era su capacidad para inspirar a miles a sacrificar sus vidas por su visión.
De manera similar, Ernest Shackleton convocó a marineros para su expedición antártica en 1914 con un anuncio que destacaba los riesgos y el honor del desafío. A la llamada, acudieron cinco mil aspirantes al día siguiente.
En cualquier misión, es crucial entender tanto de aspectos técnicos como del corazón humano. Somos seres emocionales, y toda acción está impulsada por una emoción. Como dice Eduardo Punset, "Sin emoción, no hay proyecto".



